DE LA VIDA DE DIEGO DE GUADIX Y DE SU RECOPILACION DE ALGUNOS NOMBRES ARABIGOS


Redacción Identidad Andaluza

Felipe Maillo, recupera una obra de una gran importancia para los estudiosos del idioma denominado ‘español’, y para aquellos que intentan dignificar el ‘andaluz’ como idioma diferenciado del ‘español’, “la Recopilación de algunos nombres arábigos”, de Diego de Guadix, autor del siglo XVI. Además de recopilar una gran cantidad de vocablos ‘arábigos’ y por tanto andaluces en el idioma español, Diego de Guadix nos ofrece un dato de vital importancia para la comprensión del origen del ‘español’ y del ‘andaluz’. Una gran cantidad de vocablos, que la Real Academia de la Lengua da como de origen latino, según Diego de Guadix, son vocablos procedentes del árabe o del romance andalusí, latinizados por intereses que no vamos a analizar en este artículo, como ocurre con el primer Diccionario de la lengua Española, el del andaluz Lebrija, que según Diego de Guadix, fué un experto en latinizar nombres arábigos.
En próximos artículos, iremos ofreciendo la riqueza clarificadora de la obra de este andaluz del siglo XVI en los campos de la linguistica, lexicología y etnología.

Felipe Maillo Salgado

Las contadas noticias halladas sobre la trayectoria vivencial de Diego de Guadix, las extracto en bloque- con algún pequeño añadido mío- de un artículo de mi respetado profesor Darío Cabanelas Rodríguez (1993), hoy ya desaparecido, del que recibí otrora sabias lecciones de poética y gramática árabes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Fue él quien, con su saber y paciencia, logró esclarecer la figura de este antiguo arabista (franciscano, como él mismo), del que, por no saber, no conocíamos siquiera con exactitud su nombre de pila, hasta tal punto que tanto otros especialistas dedicados a estudios lexicológicos como yo mismo (Maíllo 1986: 128), debido a las dificultades de acceso al original de su diccionario, habíamos hablado para salir del paso, bien del padre Guadix, bien de un tal Francisco de Guadix, sin conocer absolutamente nada de su vida.
Gracias, pues, a los trabajos de Cabanelas, que fue espigando noticias mínimas de aquí y de allá, en escritos antiguos y modernos, es posible no dejar en absoluta penumbra al autor de la Recopilación de algunos nombres arábigos que, por fin, ahora ve la luz.
La única semblanza -digna de ese nombre- sobre este autor, es la que se nos ha transmitido en la obra de su hermano de hábito, Alonso de Torres (1683), quien en su Crónica de la Santa Provincia de Granada recoge las principales noticias existentes sobre Diego de Guadix, por la que sabemos que desarrolló su actividad en el último cuarto del siglo XVI y primeros años del siglo XVII. Por más que no conozcamos la fecha de su na cimiento, sabemos por la citada obra que fray Diego de Guadix fue natural de la ciudad de su apellido, hecho que él mismo no se cansa de repetir a lo largo de su diccionario (“mi patria Guadix”, “mi querida patria Guadix”, “mi dulcissima patria”, etc.). No parece que fuera de familia noble, como se ha dicho, sino más bien lo contrario, e incluso quizá huérfano. Probablemente tomó el hábito en el convento de San Francisco de Granada, donde seguramente cursaría su carrera eclesiástica, que concluiría hacia 1570.
Sabemos, además, que catorce años después -por una patente del comisario general de la familia ultramontana, fray Antonio Manrique, fechada en el convento de San Francisco de Jaén el 8 de noviembre de 1584- dada su sólida formación, su agradable carácter y su extremada prudencia, se le destina al convento franciscano de Úbeda, a petición de D. Alonso de Carvajal y de Dña. Catalina Mesía, marqueses y señores de la villa de Jódar, los cuales por su devoción al hábito de san Francisco, habían pedido un morador religioso en esa ciudad. El comisario general les envía entonces “un religioso de cuyo espíritu y prudencia pudiesen sus mercedes tener la satisfacción y el sosiego que sus conciencias desean”. Vemos, pues, que Diego de Guadix aparece ya en esta época como hombre de prestigio, dotado de bellas prendas naturales.
El mismo comisario general fray Antonio Manrique, mediante otra patente expedida el 3 de mayo de 1586 en el convento de San Francisco de Torrijos (Toledo), lo nombra comisario visitador de la provincia franciscana de Canarias. Algunas entradas de su diccionario recuerdan esa estancia en las islas. De su residencia en el archipiélago, sirva de ejemplo lo que nos cuenta acerca del pueblo de Gáldar:
«Hay una casa notable, que los gentiles y antiguos naturales del allí tenían hecha de comunidad, para que en ella se criasen las donzellas de todo el pueblo, debaxo la correpción y disciplina de una matrona a quien todas obedecían como a madre y superiora suya. Oyen día está la casa en pie y (oo.) es de cantería».
El día 22 de septiembre de 1587 Diego de Guadix es nombrado intérprete de lengua arábiga en el Tribunal de la Inquisición de la ciudad de Granada y su Reyno, en atención a su saber en dicha lengua.
De una patente de su provincial, fray Martín de Avila, expedida en el mismo año de 1587, se colige que Diego de Guadix era definidor o consejero del provincial, por elección del capítulo celebrado en el convento de San Francisco de Granada en el mes de octubre de 1584.
Conocido como experto en lengua arábiga -lo que ya le había valido su nombramiento como intérprete del Tribunal de la Inquisición en Granada-, es llamado a la Ciudad Eterna en 1590 y permanece allí varios años.
Fue efectivamente en Roma donde compuso su Recopilación de algunos nombres arábigos y donde gozaría de gran predicamento entre las gentes de saber por sus especiales conocimientos de la lengua arábiga (dialectal y clásica), así como de la estima de los cardenales de la Curia, según consta en una misiva de Gerónimo Alexandrini, cardenal diácono, fechada el 24 de abril de 1 59I. Esta estima debía de ser grande, ya que en el año 159°, sin duda por encargo del prelado de la diócesis accitana, Guadix obtuvo del mismísimo pontífice Sixto V, franciscano como él mismo, la aprobación del oficio litúrgico de san Torcuato, patrono de su ciudad natal, sobre el que el autor se extiende con profusión en su diccionario (en la entrada Guadix) diciéndonos, entre otras cosas, que tiene escritas unas lecciones acerca del santo, y mencionando las fuentes en las que ha encontrado los datos.
Todos los desvelos padecidos a causa de estas investigaciones hagiográficas se verían recompensados por la aprobación de dicho oficio litúrgico, otorgada por el papa Sixto V, unos pocos meses antes de la muerte de este pontífice, según consta en la bula correspondiente, expedida el día 3° de mayo de 159°.
Después de pasar algunos años en Roma, en todo caso, más de un lustro, sabemos que volvió a España, concretamente a la provincia franciscana de Granada. En octubre de 16°4, en el capítulo celebrado en Baeza, presidido por fray Francisco de Sosa, ministro general de la orden, Diego de Guadix fue nombrado guardián del convento de San Francisco en Córdoba.
Además de su faceta de estudioso, Diego de Guadix tuvo otras muchas, lo cual le llevó a desarrollar múltiples actividades, desde profesor de teología a censor de los originales cuya publicación debía autorizar el ministro general de la orden o el provincial. A menudo se le encomendaron tareas de lo más variopinto, desde las de examinador sinodal a las de visitador canónico de monasterios de monjas, para presidir la elección de abadesas «y otras funciones semejantes».
Se ocupó del adoctrinamiento de los moriscos del reino de Granada, en la trayectoria del arzobispo Hernando de Talavera, que había fundado aquella especie de escuela-catequética hacía ya casi un siglo.
Fray Diego murió en olor de santidad en 1615, en su ciudad natal y fue
enterrado en el convento franciscano de Guadix, el mismo convento que los Reyes Católicos habían fundado en honor a san Francisco el 22 de diciembre de 149°, luego de la conquista de la ciudad, y de cuyas huertas y casas tomaron posesión en 1491 tres religiosos de la orden.
No mucho más conocemos de Diego de Guadix, tan sólo habría que añadir que el mencionado autor de la Crónica de la Santa Provincia Franciscana de Granada cuenta que muchas cartas y otros documentos (en los que se encarecen las virtudes de fray Diego por parte de los obispos de León y de Guadix, así como por otras autoridades religiosas y civiles) se conservaban en poder de un sobrino suyo, llamado Juan de Villalta, presbítero y vecino de la misma ciudad de Guadix, y que él había podido examinados directamente. Pero por desgracia nada se nos dice sobre la naturaleza de tales documentos.
Lo que más nos importa ahora es que mientras estuvo en Roma, en el convento de Santa María de Araceli (“después qu’estoy en Roma (…) en este convento de Araceli”, s. v. matraca), compuso, al decir del citado Alonso de Torres, “un libro muy erudito, llamado: Explicaciones de la lengua Arabiga”, que no es sino su principal obra, cuyo título reza Primera parte de una recopilación de algunos nombres arábigos, que los árabes, en España, Francia y Italia pusieron a algunas ciudades ya otras muchas cosas, según leemos en la portada del manuscrito.
La obra obtuvo licencia de impresión en 1593, pero nunca llegó a imprimirse: fue aprobada para su publicación por el general de la orden, fray Buenaventura de Calatagirone (Sicilia), quien en 1593 extendió el correspondiente imprimatur, pero no llegó a las prensas, a pesar del parecer del nuevo comisario general, Juan de Cepeda (“el cual libro parece dio a la estampa en Nápoles”). Habrá ocasión de volver luego sobre tales asuntos.
Alegrémonos pensando que no es poco que haya llegado hasta nosotros su sorprendente diccionario, cuyo indiscutible valor lingüístico y lexicológico es quizá superado por el etnológico. En efecto, en lo que sigue se podrá constatar hasta qué punto nos encontramos ante una obra de notable originalidad y riqueza, que por suerte no se ha perdido, aunque sin duda ha permanecido inadvertida y casi completamente olvidada.

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